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EL PUEBLO DE DIOS

Profeta Amós

Mensaje dado el 5 de septiembre de 1974

 

 

            Hay un pueblo que está esparcido por la faz de la tierra.  Aunque no nos conozcamos personalmente unos a los otros, somos un pueblo que estamos desde la antigüedad ligados por lazos espirituales.  En la sagrada Biblia dice que las almas del reino de Dios están señaladas por predestinación divina desde la fundación del mundo.  Una sola causa común nos une: aceptar esta revelación de lo alto de que el espíritu santo es Dios que baja a apropiarse cuerpo y a preparar sus organismos humanos para este espíritu santo entrar a hacer habitación en esos seres ya preparados por él mismo. 

 

            Aquellos santos profetas de la antigüedad que hicieron tantas cosas grandes por el poder de Dios, eran sencillamente nuestros antecesores en esta obra, el patrón original del cual ha seguido Dios derivando su gran obra espiritual sobre la tierra.  Aquellos profetas eran parte de nosotros y nosotros parte de aquellos que no pudieron ser perfeccionados sin nosotros.  El apóstol San Pablo dijo que había un camino muy excelente el cual no había sido revelado a los profetas de la antigüedad, el cual ahora ha sido revelado a nosotros.  Aquellos, aún cuando fueron grande héroes de la fe, no fueron perfeccionados sin que se manifestara en estos tiempos esta grande obra del espíritu santo en la tierra.  Nosotros somos la corona y el apostolado de aquellos.  San Pablo también hablaba de una compañía de ángeles que se iba a formar en la tierra, que ascendería en gloria y estaría presente ante el trono de Dios dando honra y gloria al creador por todos los siglos.  Esta es la obra de la que hablaba San Pablo.  Este es el pueblo de Dios. 

 

            Los hombres religiosos hablan de algo sin definirlo, de algo que no tiene determinación.  Hablan de un pueblo que un día va a estar en calles de oro, en una ciudad de oro con un mar de cristal donde van a haber doce puertas y perlas en las puertas.  Todo esto lo dice la Biblia.  Pero son términos alegóricos y espirituales para simbolizar las almas en la tierra que como perlas y joyas íbamos a formar parte de esta gran ciudad, de esta obra del espíritu santo de Dios en la tierra.  Esta iglesia es conocida por el nombre del Espíritu Santo de Dios.  Es una señal que tiene esta iglesia cuyo nombre es el que compone la bandera o estandarte de soberanía de la iglesia de lo alto.  Aunque somos humanos y tenemos cuerpos físicos, tenemos una envergadura espiritual.  Dios está en nosotros en la tierra.  Sentimos el estremecimiento de su gloria.  Somos cuerpos espirituales   Somos los que contienen dentro a esta esencia de lo alto invisible e infalible que se llama el espíritu santo de Dios. 

 

            Esta iglesia es la que se guarda en santidad.  Una iglesia que ha vencido el pecado y la ley del pecado.  Está escrito en el libro de Santiago: “Bienaventurado el varón que sufre la tentación, porque cuando fuere probado recibirá la corona de vida que Dios ha preparado para aquellos que le aman”.  Aunque dentro de ustedes puedan revolverse tantas y tantas pasiones que son inherentes a la parte humana, la fuerza del espíritu combate estas tentaciones y nos da la victoria.  Se cumple entonces lo que decía San Pablo: “Porque la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.  Una ley que se llama la ley del  espíritu de vida repercute en nosotros y se manifiesta en todos nuestros miembros, órganos y tendones.  En la sangre y en la mente nuestra está esa ley.   Siempre está obrando para combatir toda tentación y maldad que viene de afuera para darnos siempre la victoria.

 

            Tenemos promesas de lo alto.  Promesas de inmortalidad, de vencer las enfermedades y las plagas, de vencer al espíritu del mal.  Ese espíritu santo nos da la fuerza para ser invisibles a todas las huestes diabólicas y sobreponernos y superarnos en todo lo que es de abajo, y poder sentarnos a la diestra de nuestro Dios en gloria para siempre.    Por eso decimos “Cuan bueno y cuán delicioso es estar los hermanos todos igualmente en uno”.   Ustedes que son los hijos de este Dios de lo alto no tienen que tener miedo a cosa alguna en la tierra.  Hay personas que han estado sentenciados a muerte por cáncer, y sin embargo, por la fe en este Dios de lo alto han quedado completamente sanos.  El que tiene poder sobre la muerte es uno sólo y es el mismo que está con ustedes en este humilde cuerpo.  Este es el mismo espíritu que habitó en Jesús antiguamente.  Jesús fue un cuerpo.  Cristo era lo que había bajado de arriba.  Ahora está este cuerpo aquí.  El mismo que bajó de arriba y habitó en Jesús, es el que está en este pueblo.  En los tiempos de Noé aquella grande generación se ahogó en las aguas del diluvio y sólo una preciosa carga humana de ocho personas se elevó en el agua,  y sobrevivieron  a la destrucción universal y prevalecieron sobre el diluvio.  Cuando ya Dios había hecho su juicio  sobre la tierra y había destruido la generación completa, aquella carga humana, salvado por revelación divina, descendió del arca y habitó la tierra y heredó toda la tierra que para ellos había sido señalada por los profetas.

 

            Nosotros tenemos también grandes promesas de lo alto, grandes promesas del cielo.  Nuestra visión no es material.  Hay hombres y mujeres en la tierra que están siempre pensando en cómo hacerse de cosas materiales.  Tienen una visión material y sus proyectos son materiales.   Pero nuestros proyectos no son materiales, ni nuestra visión es material.  Nosotros estamos pensando en cosas mucho más altas, elevadas y sublimes, que no son inherentes a esta condición de vida humana.  Es algo que dentro de nosotros se va formando gradualmente para alcanzar cosas grandes que no se pueden medir con el pensamiento humano.  De esta obra santa tuvo visión San Juan en su revelación de Apocalipsis.  En los capítulos siete y veintiuno habla de las almas que en la tierra habían vencido.  Aún menciona ciertas almas que habían sido degolladas en la tierra por no negar a Dios, y esos hombres estaban debajo del altar de Dios esperando que Dios hiciera juicio en la tierra.  Y aún habiendo sido degollados en la tierra, dice que en el altar de Dios en los cielos clamaban: “¿Hasta cuándo Señor no vas a vengar la sangre de tus mártires en la tierra, muertos por tu causa?.  Entonces se oía la voz de Dios que respondía: “Tengan un poquito más de paciencia hasta que se acaben de completar los consiervos de ustedes, las almas que han de formar con ustedes mi pueblo en la tierra y entonces, ustedes van a volver a tomar cuerpos celestiales, angelicales porque si por mi perdieron el cuerpo en la tierra, yo voy a volver a darles cuerpos celestiales para que entonces habiten en gloria para siempre juntamente con los que en la tierra hayan vencido”. 

 

            Una vez San Juan vio entrando aquella multitud en vestiduras blancas con palmas frente a un torno de gloria y entraban por las puertas de una ciudad también gloriosa.  El quería saber quiénes eran y se le aparejó un ángel y le decía: “¿Tú sabes quiénes son esos?  Y San Juan le respondió: “Señor ¿Cómo voy a saber si no me dices?  El ángel entonces le respondió: “Esos son los que en la tierra han blanqueado su ropa en la sangre del cordero, los que vienen de grande tribulación, los que sufrieron mucho en la tierra, los que en la tierra fueron perseguidos y angustiados, los que en la tierra fueron calumniados y deshonrados y los que no negaron mi nombre y permanecieron fieles a mi causa y ahora entran en gloria en esta gran ciudad”.  Esos somos nosotros el Pueblo de Amós.

 

            En la Biblia el Apóstol San Pablo escribió una carta a los Corintios y dijo: “El cual- refiriéndose a Dios, nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto, no de la letra más del espíritu, porque la letra mata y el espíritu es el que vivifica.  Dios nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto.  ¿A quién? A aquellos que somos ordenados por el Espíritu Santo de Dios, a los que oímos la voz del Espíritu Santo, a los que creemos que él es el único maestro en los cielos y la tierra.  El es el que nos ha puesto el verdadero seminario espiritual donde aprendemos y por eso es que somos ministros suficientes de un pacto y no de la letra.  Porque la letra mata y el espíritu es el que da la vida. 

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EL ROSTRO DE DIOS

Extracto de

Amós El Profeta del Nuevo Milenio,

Mis Memorias. Págs. 249-251; 322-323

 

El Salmista tenía una esperanza; algo que le inquietaba en su interior.  Tenía la esperanza de un día despertar a la semejanza de Dios.  Que Dios fuera semejante a él y él fuera semejante a Dios.  Y por eso clamaba fervientemente diciendo: “Yo en justicia veré tu rostro.  Seré saciado cuando despertare a tu semejanza”, Salmo 17:15.  Eso sería posible;  él lo esperaba.  “Yo en justicia veré tu rostro”, decía él.  Y eso es posible cuando el Espíritu Santo en plenitud se ha asentado en un cuerpo  humano, para hacerse Dios en ese cuerpo y nosotros los humanos en igual condición espiritual nos allegamos a ese Dios y le recibimos, entonces es que despertamos a su semejanza.  Entonces en justicia podemos ver su rostro como lo anhelaba el salmista.  Tan real y positiva creía el salmista cumplirse  esa promesa que  decía “Andarán, Oh Jehová, a la luz de tu rostro”, Salmo 89:15.  El visualizaba que Jehová tendría rostro, él sabía que siempre lo había tenido y que sólo el pecado  y la apostasía era lo que impedía que Dios descendiera y tomara cuerpo  de entre los hermanos  para habitar entre los hombres.  Pero el visualizaba, a la vez que profetizaba, que Dios aparecería humanamente y haría resplandecer su rostro delante de ese pueblo que sabría aclamarle.  “ Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte”, decía él; “Andaran, Oh Jehová, a la luz de tu rostro” Salmo 89:15.  Y aún más profetizaba : Ese pueblo estaría escondido.  El rostro de Dios sería un secreto en la tierra.  Y tal como el rostro de Dios sería un secreto, en el secreto de su rostro estaría escondido ese pueblo escogido de ese Dios encubierto entre ellos.  Decía el salmista: “Los esconderás en el secreto de tu rostro de las arrogancias del hombre”, Salmo 31:20.  El pueblo santo y escogido de Dios estaría escondido  en la tierra en el secreto de su rostro. 

 

El rostro de Dios es un secreto en estos días, porque sólo nosotros sabemos que vive entre nosotros y su rostro está  resplandeciendo delante de su pueblo.  Andamos a la luz de su rostro, como predijo el salmista (Salmo 89:15).  Ninguna otra cosa significa el dicho de “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”, San Mateo 5:8.  Y otra vez en Apocalipsis 22:4: “Y verán tu cara”.  Como las promesas de Dios son fieles y verdaderas, todo esto ha tenido hoy fiel  cumplimiento en forma tan sencilla y natural, como divina y poderosa.  Dios ha aparecido entre nosotros y podemos verle y contemplar su cara.  Daniel pidió también  con ruegos que Dios volviera a restaurarlos como nación y aparecer manifestado ante ellos como profeta y guía del pueblo.  En su oración decía: “Oye la oración de tu siervo, y sus ruegos, y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor”, Daniel  9:17.  “Que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado”; ésa era la necesidad de él y la petición que hacía a su Dios de alma.  Daniel pedía que el rostro de Dios volviera a resplandecer sobre el santuario asolado.  Recordaba, mientras oraba allá en Babilonia, los días gloriosos en Jerusalén cuando  Dios obraba maravillas a través de los profetas.  Recordaba las fiestas de Pascua y las tantas veces que había oído la voz de Dios a través del arca. Ahora el pueblo de Israel estaba cautivo en Babilonia.  Era el castigo de Dios por la desobediencia a su voz.  Dios les había levantado profetas y por ellos les hablaba, para declararles su voluntad.  La promesa condicional de Dios sobre aquel pueblo había sido:  “Ahora pues, si diéreis oído a mi Voz, guardáreis mi pacto, vosotros series mi especial Tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra”,  Exodo 19:5,6  Serían ellos el Tesoro especial de Dios sobre los demás pueblos, a cambio de una condición: Que oyeren su Voz y la obedecieran.

 

No sería muy difícil, después de escudriñar la Biblia, comprender cómo Dios fue un Ser personificado que anduvo y tiene que andar con su pueblo en la tierra guiándolo.  En 2 Corintios 6:16 dijo: “habitaré y hablaré con ellos, y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo”.  Dios tiene rostro, manos, pies, en otras palabras, es un ser humano como nosotros, una vez que ese Espíritu Santo que es Dios, se apropia cuerpo en la tierra.  Era necesario que Dios se manifestara, que apareciera entre ellos, que surgiera su rostro, su persona para que pudieran ser salvos , para poder ser librados de la apostasía y de los enemigos.  El pedía que Dios hiciera resplandecer su rostro, que tomara cuerpo y surgiera la presencia de Dios ante ellos como en los tiempos de los Jueces.  “ Y cuando Jehová les suscitaba jueces, Jehová era con el juez, y librabálos de manos de los enemigos todo el tiempo de aquel juez”. Jueces 2:18.  Cuando Jehová les levantaba un juez, aquel juez era Jehová porque Jehová era con el juez.  En aquel juez estaba Dios tomando cuerpo y como Jehová estaba presente entre ellos, los enemigos no prevalecían.  Durante el tiempo de aquel Juez la nación caminaba en Victoria.  El juez es el que administra la justicia y nadie en la tierra podrá hacer justicia a menos que sea Dios en él.  Cuando Dios levanta un profeta o Juez en la tierra, lo que ha sucedido es que Dios ha hecho aparecer “su rostro” entre los hombres.  El rostro de Dios ha resplandecido, y el solo hecho de Dios aparecer entre los hombres en forma corporal, significa la salvación para ese pueblo que lo conoce, lo recibe y se acoge a la guianza de ese Profeta o Juez en el cual Dios ha aparecido.

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ENTENDIENDO LA PRESENCIA DE DIOS EN LA TIERRA

Profeta Amós

 

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos” Salmo 19:1

 

            Para el hombre poder entrar en estos terrenos es necesario que se conozca a si mismo primero.  Pero si el hombre no puede entrar, ni tan siquiera abordar los órdenes de su propia constitución ¿Cómo podrá llegar a conocer o entender a su creador?  Porque aún cuando los hombres a través de la física o la biología hayan podido conocer la anatomía del cuerpo humano, al tratarse de la parte síquica, emocional o espiritual de este ser creado por Dios, les falta mucho por saber y entender su propia condición humana.

 

            En el libro número uno de toda la literatura escrita por el hombre, la Biblia, en el capítulo 1 versículo 26 de Génesis, leemos donde dice: “Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos y en las bestias, y en la tierra y en todo animal que anda arrastrado sobre la tierra.  En el siguiente versículo 27 dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios, lo creó, varón y hembra los creó”.

 

            En ese versículo 26 da a entender el dicho divino que Dios no era un solo cuerpo, persona o espíritu.  El habla en plural.  Parecía estar en una conferencia con una compañía. El dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen conforme a nuestra semejanza.”.  Dios podía ser miles o millones de seres, de espíritus, formando uno solo en una forma intrínseca, esto es en una forma infinitamente íntima y esencial.  Y esto sucede cuando va a hacer al hombre.  Ya todo lo demás estaba hecho y creado.  Ahora da órdenes de hagamos al hombre. 

 

Cuando Jesús hablaba con la mujer samaritana le dijo enfáticamente: “Dios es espíritu y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren”.  San Juan 4:24,  La mujer todavía no estaba satisfecha con lo que Jesús le estaba diciendo.  En el versículo 19 ella le dice a Jesús: “Señor paréceme que tú eres profeta”.  Ella intuía que algo especial había en aquel hombre.  Pero aún así no entendía con quién estaba hablando.  Para aquellos días había una polémica entre  judíos y samaritanos.  Los judíos alegaban que era en Jerusalem que había que adorar a Dios y los Samaritanos decían que era en el  Monte Carmelo.  La mujer le presenta el caso a Jesús a lo que él le contestó diciendo: “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adoraran al padre en espíritu y en verdad, no en el monte ni en Jesusalem”.  La Samaritana entonces, quizás queriendo agradar un poquito a aquel extraño interlocutor que se había aparecido, le dijo a Jesús: “Se que el Mesías ha de venir, el cual se dice es Cristo.  Cuando él viniere nos declarará todas las cosas”.  A lo que Jesús, no pudiendo aguantarse más en declararle su identidad le dijo: “Yo soy el que hablo contigo”.  Lo que había sido un espejismo por tantos y tantos años, tanto para judíos como para Samaritanos en aquel momento como la luz de un relámpago se le había hecho realidad a aquella mujer que estaba confundida con las mismas creencias religiosas.  Allí apareció el Mesías, a quien tanto había esperado.  Allí estaba Dios, el Cristo.  Fue la última vez que tuvo que decir, como sollozando, “Yo sé que el Mesías ha de venir”.  Esa había sido su callada esperanza.

 

            Enseguida, corrió a la ciudad a contar a sus familiares y amigos lo que le había sucedido.  El dicho de: “Yo soy que hablo contigo”, taladró su corazón.  Aquí estoy yo como con la samaritana en aquel día.  Dios me hizo en el principio conforme a su propia imagen y semejanza.  Y esta voz, cuerpo y espíritu es la imagen y semejanza de mi creador y de vuestro creador.  Había que adorar al padre: “en espíritu y en verdad.  Lo adoramos en espíritu por la fe.  La fe es una esencia, una virtud, una intuición.  Pero adorarle en verdad, declaración visible, en la constitución de su propia imagen y semejanza, que es éste que ustedes pueden ver y tocar.

 

            Darle Dios al hombre su imagen o crearle a su imagen, es cuando por su santidad, espiritualidad, rectitud, justicia, consagración, dedicación, abnegación, su fe y sus virtudes, Dios lo llena de sus dones, le da su dignidad, potestad y prestigio.  Y así fue creado el hombre en el principio, y así era el hombre.  Dios personificado en el hombre.  Los hombres angelicales de aquellos principios de las generaciones humanas eran llamados hijos de Dios.  A la demás humanidad se les llamaba los hijos de los hombres.  Cuando vino el diluvio ya todo se había corrompido y sólo quedaba un hombre recto y justo que era Noé.  Ya los hijos de Dios, que era de la simiente angelical, se habían contaminado con las hijas de los hombres y empezaron a entrar en ellas.  Por lo tanto, sobrevino la ira de Dios y decidió raer la simiente humana de sobre la faz de la tierra.

 

            Pero la intención y propósito de Dios a pesar de su grande ira a causa del pecado y la violencia de los hombres, no fue exterminar la simiente humana del todo.  El amaba al hombre para exterminarlo así de un solo golpe.  Por eso buscó entre la simiente humana a alguien que fuera recto y justo para librarle del diluvio y poder así preservar más reliquias de esa simiente.  En Génesis 6:8 dice: “Empero Noé halló gracia en los ojos de Jehová”.  Y en el versículo 13 de ese mismo libro añade: “Y dijo Dios a Noé: “El fin de toda carne ha venido delante de mi, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos y he aquí que yo los destruiré con la tierra.  Haz un arca de madera de Gopher”.  Y le da todas las dimensiones y la forma en que va a hacer esa arca para que sean salvos él y su familia diciéndoles: “Más estableceré mi pacto contigo y estarás en el arca tú y tus hijos y tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo”.

 

            Encontramos a través de toda la historia bíblica que a pesar de toda la rectitud, de la justicia de Dios, siempre ha prevalecido en él un entrañable amor por los seres que creó a su propia imagen y semejanza.  Por eso, a través de todos los años de la historia de la humanidad, hemos hallado a Dios interviniendo con el hombre para guiarlo y salvarlo.  En Jeremías 49:14 dice específicamente: “La fama oí, que de Jehová había sido enviado mensajero a las gentes.  A través de toda la historia del pueblo hebreo encontramos a Dios levantando y enviando profetas a guiar y a dirigir su pueblo y a sus reyes”.

 

            Cuando Dios saca al pueblo de Israel de Egipto los trajo por el desierto y asentaron frente al Monte Sinaí.  Moisés, un hombre humano, fue el guiador, libertador y salvador que Dios les puso al frente como dirigente.  En esos momentos, sólo hacían tres meses que Dios los había sacado y libertado del yugo de Faraón que duró largos y penosos 430 años.  Las primeras palabras que Dios les habla, recién llegados al lugar de reposo, no podían ser más bellas y prometedoras.  Les dice: “Ahora pues si diéreis oído a mi y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra y vosotros seréis mi reino de sacerdotes y gente santa”..Exodo 19:5   Es ese lugar, sobre la cumbre del Monte de Sinaí, donde Dios se presenta al pueblo que estaba asentado en las faldas de la montaña.  Fue una manifestación imponente de majestad y de gloria.  Para esta gran visitación, Dios mandó a Moisés a preparar al pueblo para su llegada.  Le ordenó que santificara al pueblo y lavaran bien sus vestidos durante dos días porque al día tercero el descendería sobre el monte para que el pueblo oyera mientras él hablaba con Moisés..  Durante ese término de tres días y antes de que Dios apareciera no podían tan siquiera ni tocar mujer.  A la mañana del día tercero Moisés sacó al pueblo del contorno (el real) en que estaban asentados hacia lo bajo del monte para recibir a Dios.

 

            La venida de Dios allí aquel día no pudo ser más impresionante.  Dice que a la mañana de ese día todo el monte Sinaí humeaba porque Jehová había descendido sobre él en fuego.  El humo de él subía como humo de un horno, y el monte se estremeció en gran manera, el sonido de la bocina iba aumentando en extremo.  En medio de toda esta gran manifestación divina, Moisés hablaba y Dios le respondía en voz según dice el relato bíblico.  ¿Pero, qué estaba pasando con el pueblo mientras tanto? En Exodo 20:18 nos dice: “Todo el pueblo consideraba las voces y las llamas y el sonido de la bocina y el monte que humeaba y viéndolo el pueblo temblaron y se pusieron desde lejos.  Y gritaron a Moisés : “Habla tú con nosotros que nosotros oiremos, mas no hable Dios con nosotros porque no muramos”  Ante estas palabras de temor del pueblo, Moisés les consoló diciéndoles: “No temáis, que por probarlos vino Dios y porque su temor esté en vosotros para que no pequéis”.

 

            El pueblo se puso lejos y Moisés se internó más en el monte donde estaba Dios para escuchar todo lo que el Altísimo tenía que ordenarle.  En esta forma recibió el pueblo de Israel la ley de Dios.  Estas leyes más o menos han regido en todos los países de este planeta.  Cuando observamos la reacción de Dios al pueblo de Israel, vemos que él aprobó y estuvo de acuerdo con la actitud que había asumido el pueblo ante la presencia de Dios.  En Deuteronomio 18:16 encontramos a Moisés diciéndole al pueblo lo siguiente: “Conforme a todo lo que pediste a Jehová tu Dios en Horeb el día de la asamblea diciendo: “No vuelvo yo a oír la voz de Jehová mi Dios, ni vea yo más este gran fuego, porque no muera, Jehová dijo: “Bien han dicho”.  Dios en su inmensa sabiduría y comprensión le dio la razón al pueblo y arbitró de inmediato otro medio de poderse comunicar con ellos.  Conforme a esta gran necesidad que surgía este gran vacío, Dios instituye el ministerio de la profecía diciendo: “Profeta suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca y él les hablará lo que yo le mandara”.   San Pablo arguye en el libro de Los Hechos que “cualquier alma que no oyere la voz de ese profeta que Dios levantará en su nombre y en su lugar, sería desarraigado del pueblo”.  Este profeta sería el que vendría a llamarse el Mesías, o el ungido o el Cristo.  El rechazo del pueblo judío a Jesús, cuando apareció entre ellos, a tal extremo que lo llevaron a la crucifixión, les ha costado un juicio o castigo eterno.

 

            Jesús no volvería más al mundo. “Yo voy al Padre y a mi no me veréis más”.   Pero en su lugar les prometió un nuevo Consolador.  “ Este cuando viniera guiaría a su pueblo a toda verdad y a toda justicia, porque no hablaría de si mismo, porque hablará todo lo que oyere del padre y os hará saber las cosas que han de venir”…San Juan 16:13.  

 

            Yo estoy aquí de nuevo siguiendo el orden de los tiempos, conforme al cumplimiento de aquella promesa.  Este mismo soy, aquel profeta que le fue prometido a Moisés.  El nuevo Consolador prometido por Jesús, el Cristo o el Mesías.

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LA DEPRESION EN EL SER HUMANO

Profeta Amós

 

            Es una acumulación de tristeza, agonía, miedo, ansiedad, resentimiento, dolor, de frustraciones, odio, de pérdida de valor y fuerzas para vivir.  Es una rendición ante lo que se cree imposible, y puede generar en locura o suicidio.

 

            Hay una depresión general en el mundo.   Una depresión en todos los sentidos.  Cuando hay una depresión tropical, ¿en qué genera?  Casi siempre en un huracán, en una violencia terrible.  La atmósfera se revuelve y vienen grandes vientos y surge esta violencia atmosférica  a causa de esa depresión.  Ha sido una acumulación de muchas cosas que han estado en los océanos hasta que estalla la depresión y se vuelve un huracán. 

 

            En una depresión social, como la hay a menudo en distintos países, se sigue acumulando la miseria, la pobreza, el alto costo de la vida.  Entonces esa depresión social degenera en una revuelta, en vandalismo, en saqueo y fuego.  Y la policía o el ejército, dependiendo del lugar y la estructura política y militar, se tiran a las calles y empieza la represión a esa depresión social.

 

            En una depresión política, se siguen acumulando las tensiones entre las naciones por las altas razones sociales, económicas y políticas hasta que degenera la depresión política  en una guerra como ocurre actualmente en muchos países.

 

            En una depresión en la persona humana la persona se angustia.  Si ha sufrido mucho, y siempre le están pasando cosas malas, esto puede degenerar en una locura o en un suicidio. 

 

            Una depresión no es otra cosa que una acumulación.  Dentro de las mismas entrañas de la tierra se acumulan grandes vapores que siguen aumentando y aumentando hasta que estalla y se vuelve un terremoto, se estremece la tierra y hay muchos muertos.  O puede ocurrir un volcán donde salen lenguas de fuego hacia la atmósfera con consecuencias nefastas en muchas ocasiones.  Ahora hay una depresión mundial de problemas económicos, de problemas sociales, de drogadicción, de narcotráfico.  Todo esto son depresiones, acumulaciones de males que se van formando porque el ser humano cree que en el mundo no encuentra la forma de vivir bien, porque no encuentra trabajo, porque no se le paga lo que necesita para su diario vivir.  Hay una depresión total en el mundo, entre las naciones, en los barrios y en todo lugar.  Hay depresión de problemas terribles que van y se han ido acumulando a través de décadas.

 

            Donde más se ha acumulado la depresión es en el alma y en el corazón del Altísimo, en el alma y en el corazón de Dios.  Se ha acumulado la ira, el enojo, la soberbia del Dios Todopoderoso contra la humanidad por causa de la desobediencia y la maldad del hombre.  El hombre constantemente está en contra de Dios, de sus mandamientos y preceptos.  Hace lo malo, pecando contra Dios día y noche, sin querer obedecer a Dios.  El evangelio, aunque sea por bocas mentirosas se ha predicado en el mundo.  Ahora estoy yo en la tierra diciendo la última palabra.  Por eso le digo a este mi pueblo que se escondan bajo la sombra del Altísimo:”Oye pueblo mío, entra en tus aposentos, escóndete un momento entre tanto que pasa la ira de Jehová”.  Tienen que esconderse aquí, bajo la sombra mía, bajo la sombra de este espíritu.  Esconderse bajo la sombra de este ser supremo y esperar dentro protegidos de los grandes juicios que seguirán ocurriendo a los hombres pecadores. 

 

            No son las elecciones las que resuelven los problemas de los países.  Y esto es así porque los males son morales, espirituales y sociales.  Y quien arregla todos estos males es el arrepentimiento del hombre para buscar y servir a Dios de alma y de corazón.  Porque el estallido de esta gran depresión de la ira de Dios está por acontecer en una forma general.  Por eso es importante que los hijos de este Dios altísimo se arrepientan y se humillen para que puedan ser guardados de esta gran depresión que se ha desatar sobre la humanidad.

 

 ¿Qué hizo el padre con el hijo pródigo? ¿Lo castigó? ¿Le pegó?  Le dijo acaso: ¿ahora vienes después que malgastaste tu hacienda, después que malgastaste con rameras y con borrachos todo lo que yo te di?  ¿Vienes ahora a hacerte que te humillas?  No, hijitos amados.  El padre estaba con los brazos abiertos.  El otro hijo no comprendió y dijo: “Tantos años ha que te sirvo y nunca te he ofendido en nada, ni he malgastado tu hacienda y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos y ahora éste que lo ha gozado todo viene y le haces fiesta.  Y el padre le dijo: “Hijo mío, tú eres el dueño de la hacienda, tú eres dueño de todo.  Pero este tu hermano, muerto era y ha resucitado y eso es digno de que hagamos fiesta y nos gocemos”.    Por eso yo le hago fiesta al hijo pródigo que regresa porque amo entrañablemente a mi pueblo, a todos mis hijos.

 

Muchas veces en este proceso de restauración de mis hijos soy quebrantado en salud.  Cuando una planta va a injertarse, se saca un renuevo de la otra planta y se une a la planta en que va a quedar injertada.  Para poder ser injertado el renuevo, ¿qué tiene que hacer?  Se tiene que quebrar una rama de la planta donde va a ser injertado el renuevo.  Hay que quebrar irremisiblemente una rama para poder injertar ese renuevo.  Y eso es lo que me pasa a mí.  Soy quebrantado para ingerir a todos mis hijos, y mucho más si son almas que han quedado fuera y han estado en pecado. 

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EL PRESTIGIO DEL HOMBRE

Profeta Amós

 

            Mi palabra es medicina a todo el que la escucha.  Cuando hablo, lo que está en mi alma es el espíritu de justicia y de caridad para tratar de hacerle bien con mis palabras a toda alma que me oiga.  No está en mi corazón nunca herir a persona alguna con mi palabra y mi predicación.  Siempre he aconsejado a los predicadores de esta iglesia, y a los obreros, que sean mansos y humildes en sus palabras cuando hablan.  De tal manera, que al hablar en este lugar entiendan que están puestos para administrar la palabra como una medicina, nunca zaherir como si fuera un fuete la palabra para humillar a los hermanitos, antes por el contrario, hacerles bien.

 

            Esta iglesia es el refugio de Dios.  Por eso es importante lograr que los hijos de los hermanos lleguen a tiempo a esta iglesia que es el lugar de salvación.  Hay que demostrar con suficientes pruebas y testimonios a este Dios para estar seguros que lo tenemos.  El asunto de la fe y de lo espiritual es lo que va con el alma, con los sentimientos.  La persona tiene que estar segura que se ha encontrado a Dios; que lo oye hablar.  Es importante que la persona crea que ese Dios le resuelve sus problemas, que lo consuela en sus tristezas  Esta iglesia es un refugio de salvación para todos los que integran esta familia divina y celestial.

 

            Estamos en unos días bien malos.  Como dice en las profecías de San Pablo de que venían tiempos peligrosos, tiempos bien malos donde el hombre perdería el sentido de la consciencia.  Hombres desarmados, sin sentimientos que matan por un sueldo sin importarle quién sea que tienen que matar ni en qué forma.  Eso es lo que está reinando ahora en la tierra.  Todas las instituciones tienen su gobierno, aún las iglesias tiene un gobierno, sin embargo, todo parece indicar que estamos en una completa anarquía en el mundo.  Que en realidad no existe gobierno alguno que pueda controlar la situación del crimen, la maldad, la degeneración y la depravación.  En la mayoría de las ocasiones el gobierno forma parte de ese mismo esquema.

 

            Vemos como en la Biblia ya se venía anunciando todas estas cosas.  Nos dice que los hombres olvidarían el uso natural de las mujeres, contra natura, y cometerían toda suerte de abominación profanando el cuerpo de aquella que es su esposa y compañera, convirtiéndolas en un guiñapo moral.  Estamos llegando a unos tiempos bien definitivos, a unos días críticos.  Hace ya algunos años les vengo diciendo que este siglo es determinante y definitivo para la seguridad de la población mundial.  El diablo está suelto sobre el mundo. Y ese espíritu del mal es el que lleva a que el hombre pierda sus sentimientos.  Se ha derrumbado una de las instituciones más importantes, más grande y divina.  Y es la institución de los sentimientos, de la dignidad y del prestigio del ser humano.    

 

Desde que Dios creó al hombre lo creó con una dignidad, con unos sentimientos, con un prestigio para que se honrara ese prestigio y esa dignidad.  Porque esa dignidad y ese prestigio del ser humano era la creación en que Dios hizo al hombre a su propia imagen y semejanza.  ¿Quién más lindo que Dios?  ¿Quién tiene más prestigio que Dios?.  Y si el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios,  éste creó en el hombre una institución de dignidad, de prestigio, de unos sentimientos especiales para que el hombre así existiera y así conceptuara a su semejante amándose los unos a los otros.  San Pablo decía que el hombre fue creado para ser el templo de la habitación de Dios.

 

            Para ser el templo del Espíritu Santo fue creado el cuerpo humano, la parte humana.  Pero ¿Qué has hecho tú con tu cuerpo humano? San Pablo dice que todo el que violara su cuerpo humano, sería destruido.  Dios con su poder destruirá al tal.  Cuando vemos las grandes matanzas que hay en la tierra y el crimen por dondequiera, no tendríamos que venir retrospectivamente a la Biblia a pensar en lo que Dios dijo que el que violara el templo el tal sería destruido. 

 

            Esta iglesia es un lugar de refugio.  Papá Dios ha dicho que todo el que oye la voz de Dios estará protegido, defendido, librado y cuidado de todo mal y peligro.  Y esto es así porque el hombre que se convierte a esta obra maravillosa ya sus sentimientos no son los sentimientos malos y corrompidos del hombre del mundo.  Reciben la alianza del espíritu santo.  Y todos aquí tienen esa dignidad divina con la cual fue creado el hombre en la tierra.  Esa dignidad que representa la presencia de Dios en la tierra.

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LA TENTACION

Profeta Amós

 

            En la obra del Espíritu la importancia es la Voz.  Si Dios habla muchas cosas son hechas.   Por la Voz de Dios fue que se compuso el universo.  Cuando Dios dijo: “Sea la luz”, no tuvo que ponerse a formar algo, sino que pidió que fuera la luz y fue hecha.  Y cuando dijo, “sean los mares”, fueron los mares hechos.  Cuando dijo: “sea la tierra”, fue la tierra, y así todas las cosas fueron formadas por la Voz.

 

            En estos días, estando Dios en la tierra, cuando El habla las cosas son hechas también por la Voz.  Es mi deseo que ustedes amen la Voz de Dios.  Las almas que aman la Voz de Dios tienen grandes oportunidades de alcanzar muchas cosas.    Una vez el Espíritu Santo me dijo: “Amós es la Voz”.  Y esa profecía quedó en pie y seguirá en pie.  Es la Voz de Dios que ha quedado en esta parte humana para llevar a cabo esta Obra gloriosa de recoger su pueblo.

 

            Lo importante es obedecer la Voz  de Dios.  Quedar unidas nuestras almas para poder triunfar y alcanzar las promesas.  El perseverar en esta obra de Dios, desde los primeros tiempos, ha sido algo de paciencia y de valor.  La persona que no tiene valor, fácilmente se aparta y deja la iglesia.  Porque cuando le vienen las tentaciones o le vienen las persecuciones o comentarios, no hay valor y por eso la persona se aparta.  Pero si hay valor la persona permanece firme y no hay quien la aparte de esta iglesia.

 

            El Señor una vez le dijo a Josué, cuando iban a entrar a la tierra prometida, “Mira  que mando que te esfuerces y seas valiente, porque según fui con Moisés, así seré contigo”. Solamente que te esfuerces y seas valiente, porque yo seré contigo dondequiera que vayas.  Después encontramos otra parte en la Biblia en el Nuevo Testamento cuando nos dice que desde los días de Juan el Bautista, el reino de los cielos se hace fuerza y solamente los valientes lo arrebatan.  ¿Para qué se necesita ser valiente?  Primeramente, por nuestras flaquezas ahí está la gran batalla.

 

            Yo diría que la gran bestia que menciona la Biblia es nuestra propia carne.  En su fermentación pecaminosa, en sus pasiones, en sus concupiscencias interiores, en los pensamientos mentales es donde existe esa gran bestia.  Tenemos que entablar una gran batalla para dominar nuestro propio ser que nos quiere arrastrar hacia el mal.  Esa es la gran batalla de los siglos.  Es la gran bestia la propia carne nuestra.  Porque algo que lo llevamos continuamente con nosotros en la propia carne.  Y contra esa carne es la gran batalla.  La tentación que te induce al mal.  La tentación que te induce a la fornicación, al adulterio, el robo, los vicios.  Todo eso es parte de la propia carne humana. Contra eso es que tenemos que pelear constantemente.  Ejercer una voluntad de hierro.  Una voluntad firme contra todas esas asechanzas del mal para vencer.

 

            Los santos no son aquellos que nunca pecaron.  Los santos que han de tener el gran premio no son aquellos que nunca hubieron pecado.  La Biblia habla de los ángeles del cielo.  Los ángeles del cielo que no son humanos, que no son carnales, son espíritus administradores que tienen la fuerza de Dios.  Estos nunca han tenido que luchar una promesa en la tierra como la lucha un ser humano que es de carne y hueso.  Y en esta carne es que está la flaqueza, la tentación.  Y por eso hay que luchar contra sí mismo.  Decía San Pablo: “Yo no peleo como quien hiere al aire, antes, hiero mi propio cuerpo y lo pongo en servidumbre, no siendo que yo habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”.  San Pablo peleaba contra sí mismo, contra la carne de él.  El peleaba contra la carne de Pablo.  Así ustedes tienen que pelear contra la carne de cada uno de ustedes.  En ti hay un ser interior que es parte del cielo, y ese ser es el alma.  Es el hombre interior que está dentro de ti y es el que tiene que vencer en ti, no es la carne.  Luchar y vencer hasta dominar la carne para yo vencer dentro de mi mismo.  Y el que ha vencido en si mismo, vence de una vez y para siempre.

 

            En mis oraciones siempre he pedido: “Dios mío vence tú en mi”. En el capítulo uno, versículo 12 de la epístola de Santiago dice: “Bienaventurado el varón que sufre la tentación, que resiste, porque cuando fuere probado, recibirá la corona de vida que Dios tiene preparada para aquellos que le aman”.  No es bienaventurado el varón o hembra que no tiene tentación.  Así no es que la Biblia dice.   La Biblia no dice bienaventurado el hombre o la mujer que no tiene tentación.  Por contrario, dice “Bienaventurado el varón o la mujer que sufre la tentación.  Que la sufre en sí, que la tiene pero la resiste, la soporta, la combate hasta que la triunfa y la vence.  Pero eso es una batalla que has vencido.  Mañana viene otra tentación, y contra esa tentación vuelves tú a pelear porque estás en guarda, estás en vela contra esa asechanza.

 

            Así es la vida del cristiano.  Una lucha de continuas batallas, hoy una, mañana otra.  Pero si estás en guarda, en vela guerreando contra esas tentaciones que son asaltos del enemigo, vas a vencer.  Y contra esos asaltos tienes que estar en guarda para poder triunfar.  Bienaventurado el varón o la hembra que sufre la tentación, que la soporta pero no le da paso.  Un hombre dice: “aquella mujer que linda, que bonita”, y tiene la tentación en su corazón y en su mente”.  Si sigue resistiendo esa tentación y peleando contra ella, no la acaricia, no sustenta la tentación, sino que la resiste y combate hasta que vence, ese logra un gran triunfo.  Esa es la carrera de los valientes.  De estos es el reino de los cielos.  Esos son los valientes, los que en la tierra pelean contra la tentación y siempre vencen.  De esos así es el reino de los cielos.  Por eso dice la Biblia que esta promesa Dios no la puso en las manos de los ángeles, de los seres espirituales que son administradores.  Sino que la puso en manos de hombres, de seres humanos donde en esa lucha y esa gran batalla es que alcanzamos el gran triunfo en la Tierra.  Para arrebatar el reino de Dios y sentarnos a la diestra de Dios en gloria perpetúa. 

 

            Tenemos que luchar la tentación y combatirla.  No sustentarla ni acariciarla.  Por qué, quién bregará con el fuego y no se quema?  ¿Quién jugará con candela y no ha de quemarse?  Como dice la Biblia: “Resistid al diablo y de nosotros huirá”.  A los que Dios ha llamado a esta Obra santa no son gente santa y angelical.  Dios llamó gente pecadora.  Nos llamó pecadores, llenos de tentaciones, de vicios y de muchas cosas abominables.  Nos llamó así y empezamos a luchar la batalla.  Para eso son los sacrificios.  Para eso es la oración, la vigilia, las vueltas de rodilla.  Esas son las armas que Dios ha puesto en nuestras manos para pelear contra todos esos asaltos del enemigo.  Para que nosotros podamos vencer en nuestra propia carne y quede el Espíritu Santo glorificado en nosotros.

 

            Cada batalla que tú vences, es una mayor porción del Espíritu que vas a recibir.  Es un triunfo que vas a alcanzar   Y es una más alta posición espiritual que vas a ocupar.  Y quizás después que alcances esta más alta posición te viene una batalla más fuerte.  Porque después que estés en ese grado más alto, Dios te va a dar otro más elevado.  Y así a medida que vamos venciendo las tentaciones, vamos subiendo de grado en grado.

 

            La vida mía fue y ha sido de esta manera.  Ha sido una batalla continua contra el adversario.  No quizás de la manera que ustedes tengan sus luchas ahora, porque así las tuve yo antes de ahora.  Por más de treinta años estuve solito por campos y pueblos en Puerto Rico trabajando con las congregaciones.  Yo luchaba contra toda tentación en oración y sacrificio constante.  Y mientras fueron pasando los años y yo combatiendo, venciendo y triunfando, iba notando la operación y el cambio que Dios iba haciendo en mi vida.  Notaba que iba desapareciendo todo impulso humano y toda tentación carnal, de la tierra.  Poco a poco iba formándose este Dios de lo alto en mi propia persona para combatir y vencer.

 

            No fue una cosa fácil.  Yo sabía irme por los montes a orar y clamar en llanto para vencer todas las tentaciones.  Hacía zanjas en la tierra y me enterraba como símbolo para dejar en la tierra todas las tentaciones de la carne.  Dormía en el suelo en cartones y en camas de saco y ceniza.  Así también lucharon los profetas antiguos.  Y así tienen que luchar ustedes para vencer la tentación.  Estamos luchando por algo muy grande y por eso no pueden arriesgarse a perder esto tan grande que está con ustedes.  Luchando aquí junto a mi tienen grandes promesas y el respaldo de Dios.  No hay una persona aquí que luche de alma y con sinceridad, que no tenga el brazo fuerte de Dios sujetándole para hacerle vencer.  Porque este Dios que aquí tengo, que está en mi, no es un Dios de poco A.  Es el Dios de todos los tiempos, que ahora ha prometido darnos la victoria a los que aquí permanezcamos luchando esta gran promesa.

 

            Así que no pueden ser ustedes indignos y miserables, que después de tener grandes promesas, que por cualquier bagatela, echen a perder el reino de Dios.  Huyan del peligro y batallen en sacrificio con oración y con toda suerte de humillaciones para vencer en esta preciosa Obra.   La felicidad viene de arriba y viene por el Espíritu de Dios.  No le demos lugar al diablo, no le demos oportunidad al mal.  Hay que santificar nuestras vidas para este Dios todopoderoso. 

 

            Si alguna persona tropieza contra esta doctrina, con estas enseñanzas es porque su corazón es malo.  La persona buena escucha la enseñanza y la atesora en su corazón.  Por eso les suplico a todos los hermanos que hagan fuerza para quedarse aquí conmigo para alcanzar las promesas de lo alto.

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MI SUEÑO

Profeta Amós

4 de abril de 1994 - Templo de Puerto Rico

            Mi sueño es que todos ustedes mis hijos sean llenos del poder del Espíritu Santo.  Que este sea un pueblo poderoso en el Espíritu.  Que todos estemos y seamos perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer.

 

            Anhelo que este santo Espíritu nos revele al mundo religioso, y a todos los demás pueblos de la Tierra y aún del universo, si es que hubiese alguna forma de vida en alguno o algunas de las demás estrellas y planetas.

 

            Mi sueño es que seáis llenos de todos los dones del Espíritu y nuestra felicidad esté en el continuo servicio a este Dios Todopoderoso.  Que seamos completamente felices y que por bendición de Dios tengamos todas las cosas esenciales como un complemento a nuestra tranquilidad y bienestar.

 

            Pero que ninguno de este Pueblo ponga la mira en nada de este mundo.  Que no haya avaricia, ni idolatría a nada ni con nada de este mundo transitorio y perecedero.  Que seamos bien inteligentes espiritualmente para decidirnos siempre a que sea hecha en nosotros la voluntad de Dios.  Que estemos anhelando siempre qué hacer y cómo hacer para poder agradar a nuestro Dios.

 

            Y que debido a este nuestro perfecto estado de vida espiritual, podamos vencer al mundo, en tal forma que podamos destruir y vencer el poder del mal.  De tal manera, que todos los hombres, mujeres y niños sean impactados por nuestro Espíritu y sientan un total arrepentimiento del pecado. 

 

            Que cese el homicidio y el derramamiento de sangre y todos estén dominados por el influjo y el poder del Espíritu Santo.  De esta manera todo el mundo sería el Pueblo de Dios y nos amaríamos mucho, mucho.  Y nunca estaría enojado Dios con nosotros.  Cesarían las plagas, y enfermedades para siempre.  Y no habría necesidad de hospitales, ni de medicamentos.  Ni habría necesidad de policías, ni de bomberos, ni de ambulancias.

 

            Ya no habría más sectarismo religioso, ni tendrían los hombres predicadores que estar gritando en los púlpitos con espíritu de animosidad y de pelea.  Todos me amarían de la misma forma y manera.  Se acabaría el proselitismo pues ya los hombres conocerían a Dios y no pensarían más en que la iglesia de Dios es un panal, la cual tienen que ir partiendo en pedazos para cada cual coger su tajada y retirarse a su esquina a comérsela, como el perro que teme que el otro perro venga a quitarle el pedazo que tiene en la boca.

 

            Que feliz sería este mundo entonces, sin guerra de ninguna clase.  Todos estaríamos llenos del amor de Dios y de este Santo Espíritu divino.  Sin ansiedades, ni egoísmos, sin fronteras ni divisiones.  Siendo todos para uno y uno para todos.

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